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Cuentos


“Se despertó con la sensación aguda de un
sueño degollado y vio delante de sí
la superficie cenicienta y helada
del cristal,
el ojo encuadrado de la madrugada
que entraba, lívido, cortado en cruz y
escurriendo una transpiración condensada.”
Saramago. Embargo.

Por: Dulce María Bautista L.
Para cuando usted reciba esta carta, ellos lo sabrán todo. No espero un
ápice de compasión, no espero un juicio siquiera. Me complaceré de que lo sepan
y puedan evaluar el grado de angustia al que me han llevado. ¡Qué digo!
¿Angustia? Esta es una palabra suave para lo que representa haber vivido bajo
la tutela del ojo. Al principio me parecía difícil pero, con el tiempo, me fui
dando cuenta de la imposibilidad de adaptarme a la situación.
Recordará
que vivíamos en el campo. Espero que todavía lo disfrute usted tanto como en
aquellos tiempos, aunque lo dudo. Le escribo esta carta sin ánimo de
comprometerlo, simplemente, para que sepa lo que le espera si viene. Ya le
digo, no pude adaptarme pese a que me esforcé, Dios sabe cuánto luché por
alcanzar el grado de cordura que se necesita para vivir aquí.

Al
principio, todo parecía sencillo; tenía que salir al trabajo como todos los
mortales, marcar una tarjeta de asistencia y desempeñarme en las labores para
las cuales firmé el contrato. La gente en la oficina era amable y, sorprendentemente,
hasta el jefe me facilitaba las cosas. Por la tarde, regresaba al apartamento y
a veces me sentía solo, deprimido;
solía salir a caminar por las noches y así me despejaba un poco de las
musarañas que me atormentaban. Había sido difícil desprenderme de los
recuerdos, ya sabe, dejar la familia y la tierra no es tan sencillo, pero con
el tiempo me dí mañas y así, de caminata en caminata, debajo de las luces
artificiales de las avenidas aledañas, me fui haciendo a la idea de que estaba
aquí por alguna razón que no era solamente la supervivencia y que algún día
podría regresar, como antes, a mi vieja rutina.
Pero
no fue así; poco a poco me convertí en uno más y me conformé con lo que recibía
que, a decir verdad, no era poco. Me ascendieron y con el dinero y la nueva
posición vino también el desdichado olvido. Las imágenes se me fueron borrando
como si una cortina me tapara los ojos y me acostumbré. Dejé de salir a pasear
por las noches pues, entre otras cosas, apenas si tenía tiempo de ir al supermercado
y comprar lo necesario para la semana. Nunca como antes, pero entre comidas
congeladas y vegetales del siglo pasado, me entretenía llenando la nevera y la
despensa.

Un
poco de televisión no venía mal; leer el periódico también se volvió un rito y
así, de mañana en mañana y de semana en semana se fue pasando el tiempo y yo
seguía el paso de los días, encerrado en el apartamento o en el despacho, hasta
que sentí la necesidad de salir, otra vez, a ver el panorama de la tarde.
Ahí
comenzó mi suplicio. Por esa época, la Compañía Energética empezó a instalar
sus redes en la ciudad. Era imposible transitar por algún lado sin tropezar con
cables y tornillos que los funcionarios dejaban a su paso. Hasta los semáforos
habían cambiado. Ahora había un semáforo para peatones con voz y voto y si de
casualidad uno lo infringía, al punto le llegaba una papeleta con la respectiva
sanción. Por dármelas de artista, empecé a jugar a que los avances de la
tecnología no tenían nada qué ver conmigo y así asalté más de un semáforo hasta
cuando me pillaron. Tuve que asistir a un curso de una semana para aprender a
pasar las calles, respetando las líneas blancas para peatones que aquí llaman cebra.
Y si antes gastaba quince minutos caminando a mi apartamento ahora, con esas
imposiciones de la tecnología, gastaba
media hora. Quizás era mejor tomar el transporte público; me lo recomendaron
porque es más seguro; pero yo, siempre
en contra de las imposiciones, decidí correr; pensé que un poco de ejercicio
era bueno para mi salud.
Pero
vino el estrés y gracias al curso de una semana que me hicieron tomar para
pagar mis infracciones de peatón, logré que me despidieran del trabajo en donde
hasta ahora había estado literalmente a cuerpo de rey.
Buscar
trabajo fue mucho más difícil. Ahora no es como cuando llegué. Es
verdaderamente una odisea conseguir un empleo bueno con todas las prestaciones.
Me empleé aquí y allí, mientras la Compañía Energética inventaba más y más
impuestos. Porque cambió el sistema de transporte, porque subió un nuevo
alcalde, porque hay que modernizar la ciudad...

Así
fue como llegué a esta situación. Cuando no pude pagar más las cuentas, cuando
los servicios dejaron de llegar puntualmente a mi apartamento porque no tuve
con qué pagarlos, entonces ahí fue cuando me dí cuenta de que todas las cosas
cambiaron radicalmente. No había nada que hiciera, que el ojo de la Compañía
Energética dejara de captar.
Era
imposible salir a la calle sin ser registrado por las cámaras. Usar la internet
era todo un problema. Estamos permanentemente vigilados por la red. Ella decide
cuánto y cuándo gastamos el dinero. El sistema, una especie de control
intangible, sabe cuántos somos, en dónde estamos y qué hacemos. Pero los
desempleados hemos llegado a representar el peligro número uno para la red,
para el sistema, para todos los espías que saben hasta lo que comemos antes de
ir a la cama. Es imposible escapar. Por eso, hace algún tiempo, siento un miedo
infinito de salir a la calle. Incluso temo que esta carta sea interceptada, ya
que el correo tradicional prácticamente es cosa de cavernícolas.
Es
imposible escapar. El ojo está atento las veinticuatro horas a las salidas y
entradas de los ciudadanos. Si salimos a la calle, corremos el riesgo de que
nos cobren por atravesar mal una avenida, por sentarnos en un parque, por tomar
la ruta de autobús equivocada. Estamos expuestos a que los agentes de cobro nos
asalten en plena vía y nos detengan por morosos o que la seguridad, guiada por
el ojo, nos lleve a la cárcel con cargos desconocidos, pues aquí hay cargos
para todo. Cargos por atravesar la avenida, cargos por mirar hacia arriba, por
comprar más de lo debido en el supermercado, por no comprar, por pagar los
servicios y omitir los centavos, porque se pagan y se deja el excedente para
los bancos, por hacer llamadas de teléfonos públicos, por no hacerlas, en fin,
hasta por casarse o divorciarse, todo tiene un cargo que se paga con la cárcel
y después de tres detenciones viene la expulsión.
Ya
tengo dos entradas a la cárcel. Aunque me han detenido por nimiedades, no me
arriesgaré a una detención más. El ojo está pendiente de mí, me tiene
codificado con una cifra de diez dígitos que comienza por el número 666. ¿Será
mala suerte, o que el fin de los tiempos está cerca? Lo cierto es que no pienso
arriesgarme más. No saldré otra vez de mi apartamento pues ya vinieron y se
llevaron mis muebles el otro día. Me dejaron la cama, pero la cambié por cinco
libras de arroz. Ahora sólo me queda el colchón, pero si se enteran de que
estoy durmiendo en el suelo, probablemente me penalicen.

El
ojo hace su ronda nocturna. Aunque está pegado a las bombillas de alumbrado
público, es un dispositivo con capacidad giratoria. Él da la vuelta y se mueve
gradualmente durante el mes. Según mis cálculos está por pasar y, desgraciadamente, mi apartamento está
ubicado justo al frente de una bombilla. Por fortuna, aún me quedan las
cortinas, pero algunos vecinos me han comentado que el ojo es capaz de
atravesarlo todo, es decir, lo que me espera es que, tarde o temprano, se
descubra que estoy durmiendo en el suelo y venga la policía para llevarme
detenido.
Tengo
un amigo que me ha ayudado a sobrellevar esta crisis. Él pondrá esta carta al
correo, pero no estoy seguro de que cuando usted la reciba pueda ayudarme en
algo. Es más, no creo que pueda usted entrar a la ciudad, pues ahora sólo se
permite venir durante dos o tres días al mes y no sé cuáles son las fechas,
pues en general varían por aquello de
la inseguridad y el terrorismo; no sabría decirle cómo llegar hasta aquí porque
no he comprado el periódico hace días, usted sabe, ahorro el poco dinero que me
queda para comer.
Intenté
ir al siquiatra el mes pasado porque me dicen que el miedo no es normal. Todos
aquí se han ido adaptando a la nueva vida menos yo. Pero no pude consultar al
siquiatra porque si voy al Seguro Social, de pronto me cobran una cuota más
alta por estar enfermo. Ya sabe, los locos pagan más porque le representan un
egreso mayor al Estado.
Lo
único que me molesta es la continua vigilancia del ojo. De no ser por eso,
probablemente estaría más tranquilo, digo yo, más resignado a esta situación.
Le juro que a veces he sentido deseos de lanzarle una pedrada y romperlo ya que
lo tengo tan cerca. Pero la sola idea de que la Compañía Energética se entere
de mi osadía, me pone los pelos de punta.
Tendré
que resignarme; si usted puede hacer algo por mí, venga en cuanto pueda. Si no
me encuentra, pregunte a los vecinos. Ellos todavía no pagan multas por dar
información. Pero si no me encuentra en tres días, regrese al campo, no se
arriesgue por mí más de la cuenta, porque no quiero llevarme ese remordimiento
de conciencia. Lo peor de todo es no tener ni siquiera una cama para esconderme
debajo. Sé que llegaron. Acaba de sonar la puerta. Seguramente el ojo me ha
reportado antes de lo que esperaba. De todos modos, si recibe mi carta, le
ruego, ¡no se olvide de mí! ...

fin
Este cuento lo he tomado del libro el oficio de
restar, de Dulce María Bautista, donde usted puede encontrar alrededor de un
decena de bellísimos cuentos, como este.

Dicho libro lo publica y distribuye Editorial
Carrera 7ª, de Bogotá, DC. Dimensiones del libro: 21 x 14 cm., pasta blanda, 125 páginas
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