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Cuentos

“No había nada tan bello, tan ligero, tan

brillante, tan bien ordenado como ese par

de ejércitos. Las trompetas, los pífanos,

los oboes, los tambores, los cañones

formaban una armonía tal que ni en el

infierno se vio nada semejante.”

Voltaire. .


Por: Dulce María Bautista L.

“¡
Terminó la guerra!”, Dijo el presentador del noticiero de la noche. La secuencia de imágenes, con una cortina musical lúgubre, se tomó las veinticuatro pulgadas de la pantalla. Dos días antes, a Lázaro no se le habría ocurrido pensar en un cese al fuego. De todas formas, resignado a la guerra, la noticia le parecía insólita y no podía entender cómo y porqué las guerras estallan y se acaban de un momento a otro.

 

Desde niño, la figura de la guerra lo había perseguido. Recordaba a su padre, un viejo militar que le enseñó la forma como andan los caballos en el tablero de ajedrez. Lázaro estaba entrenado para caminar en L, como lo hacen los caballos reales, como sólo un guerrero puede conquistar el espacio, en fin, como se demuestra que somos inteligentes.

 

 

En el caso del desplazamiento en L, no importa mucho la bipedestación. Se supone que el jinete domina la bestia y de su maestría depende la aniquilación del adversario. Así comenzó todo. Cuando Lázaro aprendió a caminar en L. Primero, jugando con los baldosines a cuadros del patio de ropas de su casa que, por cierto, era bastante ancho, o por lo menos así le parecía a Lázaro a sus nueve años. Nunca se supo si luego, en la adolescencia o en la adultez, aquellos espacios se le hicieron pueriles. Lo cierto es que ahí empezó su obsesión. El padre, ausente, no veía los progresos de su hijo porque lo habían transferido temporalmente a otra base, pero el muchacho no olvidaba su lección de los cuadros en forma de L. Tan sólo cuando el militar regresaba, podía ver a su niño saltando como un caballo de ajedrez, orgulloso de conquistar la cuadrícula del patio.

 

Después, en el parque, retozaba de la mano de su madre, quien lidiaba con el canasto de la compra. Le cerraba el paso, una y otra vez, sin oír las regañinas de ella, apurada como siempre. Es la L se repetía en voz alta para hacerle caer en cuenta de que estaba en una operación de desplazamiento, que marcaba su territorio sobre los cuadritos de la vía que llevaba a la plaza de mercado.

 

Con el tiempo, remodelaron el parque y a Lázaro se le hizo más difícil atravesarlo. Simplemente, se quedaba paralizado sin saber por donde caminar. ¡Le habían quitado la cuadrícula! Esa era una táctica sucia del enemigo.

 

 

Entonces se echaba al suelo y se arrastraba hasta donde podía, y las gentes decían que Lázaro era epiléptico. ¡No! Simplemente se convertía en peón e intentaba fabricarse trincheras, desplazarse, ganar con honores la diagonal del parque antes de que el enemigo lo atisbara.

 

Pero el juego acabó. El padre le dejó una casa relativamente cómoda en el campo, y lo preservó de prestar el servicio militar por una razón que Lázaro no conoció nunca.

 

La primera vez que fue a la casa de las afueras le pareció una fortaleza. Estaba enterrada entre las rocas duras y amarillas de un desfiladero, un lugar ajeno a la gente. Era el escondite ideal. Allí no eran necesarias las L del caballo real, ni nada por el estilo. Ya no se requería estrategia ninguna porque el lugar era un refugio amurallado.

 

Allá se trasladó Lázaro cuando la guerra empezó. Instaló una antena tímida sobre la roca y se metió como un conejo en la madriguera. Era miedoso, y apenas si salía para recibir los alimentos que le enviaban por cuenta de la pensión que le había dejado su padre. El hecho de que no existieran más calles con cuadritos, más supermercados con techos y pisos de cuadros y que el diseño de las ciudades hubiera cambiado, lo convertía en un vulnerable ex combatiente, reducido a su estado de retiro.

 

 

Gracias a la pensión del padre, Lázaro se puso a vivir en su bunker como todo un héroe y, desde ahí, siguió paso a paso todos los años de la guerra sin importarle qué tan cerca vivían otros ex combatientes como él. Lo entretenían los inconfundibles desplazamientos del enemigo. Lázaro los dibujaba en la pared luego de seguir atentamente los comentarios de guerra y los apuntes de las autoridades de los distintos países. Los señalaba con banderitas negras cuando se trataba de bajas del enemigo y banderitas rojas cuando se trataba de los suyos. Con el tiempo, casi toda la roca del refugio se convirtió en un gran tablero de ajedrez, la magnífica obra que descubrieron los historiadores después de la desaparición de Lázaro.

 

Las ciudades se habían convertido en cementerios gigantescos. Cada día la guerra visitaba un portón distinto, una plaza de mercado diferente, un grupo humano minoritario, parte del negocio bélico, según dijeron los analistas durante mucho tiempo.

 

Y cuando más dinero estaba produciendo el negocio de la guerra, ¡Suás! ¡Se acabó! Lázaro tomó el control y voló por todos los canales. En efecto, a su refugio llegaron noticias de todo el planeta. Era cierto, la guerra había terminado. ¡Qué lastima! Con lo bien que la había pasado apostando consigo mismo y haciendo cuentas sobre las bajas del enemigo. Con lo bien que habría envejecido frente a su televisor. Todavía deseaba oler los lugares quemados por los misiles, ver la chatarra retorcida, regodearse con aquello que él, por falta de cuadritos y caballo, no había podido protagonizar.

 

 

Salió del escondite y se fue a la ciudad. De lejos, un complejo urbano de avanzada, inimaginable en su infancia, surgía ante sus ojos. Por lo que recordaba, aquella última ciudad fronteriza había sido la primera arrasada durante el conflicto. ¿Cómo la habían reconstruido tan pronto?

 

Bajó lo más rápido que pudo y ganó las calles. La gran mayoría estaban desiertas, pero cuando se topaba con alguna persona, vestida de escafandra y máscara anti smog, juntos se asustaban. El transeúnte por ver a un cavernícola y Lázaro, por ver a un astronauta en la ciudad.

 

Las cámaras de televisión de la Compañía Energética que remplazó a las petroleras detectaron al extraño que vagaba por las calles, posiblemente perdido de tiempo y de espacio. Los presentadores virtuales de noticias registraron el impactante hallazgo y una reportera humana corrió desde su casa a la calle Tal, en donde estaba Lázaro, para entrevistarlo.

 

Sólo hasta ese momento, al conversar con la arriesgada periodista, Lázaro supo que durante los últimos treinta años no hubo ninguna guerra; ninguna ciudad había sido destruida y tampoco el mundo entero había estado pendiente del país. Lo que Lázaro había visto en televisión era simplemente un Reality Show que recreaba lo que habría sido una guerra y mantuvo a los espectadores pegados literalmente a la pantalla. Mientras tanto, las ciudades habían cambiado, la Compañía Energética se había tomado el mercado y las personas estaban en casa, cada vez más distraídas, esperando el subsidio del gobierno que ahora era igual para todos.

 

 

Aquella pensión de Lázaro era de los pocos subsidios altos de la época. A él no le importaba si los alimentos se los dejaban en la puerta del bunker los seres humanos o los robots de la Compañía Energética que controlaba a los ciudadanos.

 

“¿Entonces nunca hubo una guerra?” –Preguntó Lázaro desconsolado.

La periodista se rió. ¿Era tan difícil comprenderlo?

 

Lázaro miró a su alrededor. Los andenes, los edificios, los techos de silicona de los centros comerciales, las vitrinas de los almacenes, el diseño del complejo de la Compañía Energética, todo, todo estaba diseñado en forma de cuadritos, según la nueva concepción arquitectónica de la ciudad.

 

El corazón le saltó de dicha. En un pie, en dos, en las manos y los pies, parado de manos, Lázaro empezó a caminar en L. ¡Había llegado el momento! Definitivamente, su padre había sido un visionario. Ahora, Lázaro era un auténtico guerrero, elegido para ser el héroe del siglo. ¡La guerra comenzaba!

 

Días después, los presentadores de noticieros registraron un hecho insólito:

 

“¡Un hombre venido de las cavernas, le ha declarado la guerra a la capital del país!”

 

fin

 

Este cuento lo he tomado del libro el oficio de restar, de Dulce María Bautista, donde usted puede encontrar alrededor de un decena de bellísimos cuentos, como este.

 

 

Dicho libro lo publica y distribuye Editorial Carrera 7ª, de Bogotá, DC.


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Copyright© 2003, Armando Malebranch Eraso D.


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