Ing. Armando Malebranch Eraso D.
Magister en Planeación socioeconómica
Capacitación, asesoría y consultoría en:
Gestión de proyectos y desarrollo comunitario.
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Homenaje de Yarodë Burgos Baquero a su abuela con motivo de su fallecimiento

 

 

 

SE MARCHÓ AMALIA CON LAS MANOS VACÍAS

 

 

Esa mañana se levantó alegre y arrebató las cobijas a unos viejitos vecinos, jugó con el desayuno de una de sus compañeras. Ahora veo que se marcha despacio pero sin perder sus pasos, sin afanes, sin cargas de los múltiples pesares va caminando vacía... como quien ya no espera nada.

 

Se siente su aroma a leña, a hierba fresca, a café, a tierra negra y mojada. Sus gestos con tips de muecas, su sonrisa constante, sus manos campesinas tersas como las guayabas, con las que hacía mil oficios, con las que después jugaba y las cuales no perdían su garbo luego de torcerle el cuello a una de gallina para cocinarla.

 

Cuando veo las luces en la ciudad a lo lejos, imagino los cocuyos del patio de su casa. Ella me enseñó a jugar con esas velas flamantes, ella me enseñó a tragarlas para que irradiaran perennes en mí. Adentro.

 

Me adoctrinó en el pudor “porque Dios todo lo ve” aunque luego de él fui despojado. Y me contaba historias de demonios y fantasmas, de como la tierra tragaba a los mocosos insensatos, dejando sembrada en su lugar una mata rucia de piojos. Parecía alucinar mientras caminaba por el empedrado simulando ser la Muerte, para aterrarme hasta los huesos sin piedad, sabía que no la necesitaba, pues todo se amansaba con sus enhiestas uñas haciéndome cosquillas.

 

Si pienso en sus cuentos de otro siglo, de otra vida, caigo en razón que nunca me contó su historia. Oí del taconeo de las brujas sobre el tejado pero nunca escuché que fue obligada a casarse cuando su pecho aún no había florecido. Me entretuve con el caballero de patas de chivo, quien procreó un retoño de maldad, en una muchacha ligera de amores del pueblo; pero no me contó que al escupir de su vientre a su primer feto entre el monte, pensó que era cólicos de indigestión y que casi de la misma manera perdió a sus siguientes tres hijos.    

 

Atendí leyendas sobre el pollo Peletas, La Llorona, La Sombrerona, la Carroza de la muerte, pero nunca refirió que era torturada peor que un animal en medio de la bruma y la maleza, que de su espalda brotaba sangre al reventarse contra ella los chopotes de café usados como látigo. Mucho menos se atrevía a relatarme de cuantas noches en medio de tormentas, tuvo que acurrucarse entre la selva oscura para salvar su cuerpo de ser fragmentado a machete. Nunca se atrevió a contarme, porque su entretención era hacerme reír y de seguro no quería que sus torrentes de lágrimas desiertas, alcanzaran a anegar mi alma.

 

Nadie compartió su dolor, nunca conoció la comprensión y aún así tampoco el rencor; ni siquiera al ser despojada de su techo y su familia para ser llevada lejos, a un hogar de ancianos.

 

Amalia, mi abuela, era una morena linda de carita redonda que dibujaba una sonrisa radiante y sincera la cual descubría un par de dientes de oro que verdaderamente entonaban con sus rasgos de mulata. Esa era mi abuela a quién de niño llamaba “mami” y de grande casi ya no veía porque los afanes de la vida real, ya no daban cabida a fábulas ni leyendas.

 

Amalia murió completamente solita, a pesar de tener diez hijos vivos y media centena de nietos. Ninguno tomó su mano, nadie miró su última sonrisa, no hubo palabras de despedida, mucho menos de afecto como si de ellas fuera indigna. Nadie le susurro al oído: “tranquila viejita, que en el reino de tu Dios muy pronto estaremos contigo. Hermosa niña”.

 

Amalia Camargo de Baquero cerró los ojos a esta vida el 18 de octubre de 2006 en El Colegio Cundinamarca.


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